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El desgarrador caso de la niña que llama al 911

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El desgarrador caso de la niña que llama al 911

Mensaje por Admin el Jue Mar 31, 2016 9:33 pm

¿REALIDAD ENCUBIERTA O LEYENDA URBANA?



El desgarrador caso de la niña que llama al 911
Desde hace dos años circula por Internet la grabación de una niña que llama al 911 en El Salvador en busca de ayuda porque su madre está siendo asesinada por un hombre. Frente a la cuasi morbosa popularidad del episodio, que entra en el ranking de los videos más vistos y comentados de YouTube, el salvadoreño diario online El Faro, decidió avanzar por su parte e investigó si todo se trató de una realidad descarnada o una farsa bien producida. Esta es la historia.

Un día no concluso de diciembre del año 2006 Zoila Cisneros, recepcionista del sistema de emergencias 911 salvadoreño, recibió un llamado de emergencia que haría que la vida de Zoila quedara marcada para siempre.

Lamentablemente el entrenamiento que reciben los operadores del 911 de El Salvador no es muy diferente al de un operador de cualquier call center, aunque hay una diferencia importante: el software que utilizan los telefonistas de Pizza Hut es más avanzado. Faltando algunos minutos para las 9 de la mañana, luego de las últimas explicaciones sobre su trabajo, Zoila se sentó en el cubículo número 4. El cubículo queda justo frente al puesto de mando de la central de llamadas que en ese momento ocupaba un cabo de apellido Rauda. Zoila tomó asiento, se colocó el micrófono y los audífonos y esperó la primera llamada que atendería en su primer turno de trabajo.

Zoila no sabía que la grabación de la primera llamada circularía meses después por Internet, viajando de mail en mail, entre el morbo y la indignación, a gran velocidad. Fue enviada en cadenas de correo, colgada en varios blogs y hasta dramatizada con fotomontajes: sólo en Youtube hay cuatro vídeos en los que se ilustra la pista de voz. Apretó el botón para recibir y escuchó en sus audífonos la voz rota de una niña que sollozaba al teléfono:



Niña: Aló, buenas, vengan por favor a mi casa.

Zoila: Aló.

Niña: Aló, venga a mi casa por favor.

Zoila ¿De dónde estás hablando?

Niña: De celular.

Zoila: Dame el número

Niña: ... De celular... 703070...

Zoila: ¿Qué te pasa?

Niña: Un hombre está peleando con mi mami.

Zoila: ¿Dónde vive? ¿No hay nadie adulto que te pueda ayudar?

Niña: No.

Zoila: ¿Dónde vivís, en qué colonia?

Niña: Por Ticsa

Zoila: ¿Por dónde?

Niña: Por la escuelita de Altavista... ¡nooo, nooo!

Zoila: Espérese, hijo.

Niña: (Gritos).

Zoila: Aló.

Niña: (Se escucha su voz alejada del teléfono) ¡Déjela, por favor!

Zoila: ¡Ay, Dios mío!

Niña: (Gritos) ¡Déjela, por favor! (Llanto) ¡Ayúdeme, ayúdeme!

Zoila: ¡Ay! Hay un niño pegando unos gritos...

Niña: ¡Ayúdeme!

Zoila: Aló.

Niña: Es que mi mami está peleando.

Zoila: Por eso: ¿dónde estás?

Niña: (Gritos y llanto) ¡No, no, no, noooo! ¡La mataron, la mataron, la mataron! ¡Mami, mami, mami! (llantos y gritos) ¡Mamita, no te mueras, mamita...! (Suena otra voz de niño: ¡La mataron, la mataron! ¡Tía, la mataron! Llanto.

Zoila cortó la llamada y le comentó a su vecino de cubículo lo que acababa de escuchar y este hizo un gesto minimizando el asunto. “Hay que saber porque los niños lo engañan a uno”, le recomendó. Al verla dudar tanto, su compañero de cubículo le recomendó que se curara en salud y que le comentara lo sucedido al cabo Rauda, el supervisor.

“Me levanté y le fui a decir al supervisor que acababa de recibir una llamada y que el niño gritaba y que yo creía que quería ayuda y que yo tenía el número y entonces él marcó el número de celular y le contestó un señor, le puso el altavoz al auricular y le dijo: ‘Hemos recibido una llamada pidiendo ayuda’. El señor le dijo que no, que no habían llamado al 911. El supervisor le dijo: ‘Cómo no, un niño está diciendo que le están golpeando a la mamá’. El otro: ‘No, aquí ha habido un pequeño problema entre hermanos, pero ya pasó todo, los niños son escandalosos’. Y entonces el supervisor colgó”, recuerda Zoila.

Luego de una semana un operador del sistema, husmeando entre los archivos en busca de grabaciones que pudieran ser empleadas con fines didácticos, escuchó aquella grabación y la rescató del olvido, quizá más de lo que él se imaginó.

Así que ese archivo circuló entre el cuerpo de agentes, pasó de computadora en computadora, de memoria en memoria, hasta que una vez, casi dos años después de la llamada, luego de un curso de formación con personal policial, un sargento consideró que la llamada ameritaba ser compartida con el público y la subió a Internet.

Lo que se escuchaba resultó tan atroz que de inmediato comenzaron a aparecer muchas preguntas al respecto. 2006 no fue un buen año para la Policía ni para la política de seguridad del presidente Saca. Ese año se batió el récord de homicidios y El Salvador encabezó en violencia todo el continente. Durante los años que siguieron, la política de “mano dura” hacía agua por todos lados. Era obvio que la llamada de una niña a la que no se le pudo dar respuesta no ayudaba mucho a mejorar la imagen de la PNC ni colaboraba tampoco con la campaña presidencial que se avecinaba.

Según unos agentes del sistema 911, se involucró a la División Anti Homicidios (Diho) y a la División de Investigación Criminal (DIC) para dar con la identidad del agente que había subido el archivo a Internet. Estos investigaron diligentemente hasta dar con el malhechor cuya identidad guardan con celo. Después de eso, ¿qué hacer con la llamada? Simple: mentir. Mentir a quien hubiera que mentir. Pasara lo que pasara, esa llamada no había existido, era falsa. Y así fue creciendo y creciendo un curioso muro de mentiras y silencio.

Carlos Martínez, logró obtener la palabra de Luz, madre de Clara, la supuesta mujer asesinada.

“Lo que le voy a contar no se lo he contado a nadie, a nadie, ni a la Policía y usted tiene que prometerme que no se los va a contar tampoco”. Lo prometo y Luz comienza a pronunciar la historia que la quema por dentro. Clara era la cuarta de sus hijas, tenía 23 años y dos hijos de padres diferentes: una niña de 10 años y un chico de 8. Clara poco a poco comenzó a andar en malos pasos, a desaparecer noches enteras, luego por varios días y luego apenas visitaba a su madre. Bebía mucho y cuando bebía no medía sus palabras. Eso la mató. Un día ofendió a aquella mujer que descubrimos sentada a la entrada de una tienda. Fue un insulto serio. Al parecer Clara le sabía algunos secretos a aquella mujer, secretos que cuestan la vida y Clara los gritó en público. La tipa era miembro de la pandilla y desde aquel agravio estaba obligada a hacer correr sangre para limpiar su honor. Unos días después, Clara estaba recogiendo agua en una cantarera y un desconocido se acercó a hablar con ella. Dos tipos más se aproximaron y le pidieron al muchacho que les mostrara su torso desnudo. Buscaban tatuajes. Clara intervino y los pandilleros le dispararon a quemarropa. Quedó tirada en el suelo con cuatro balazos en el cuerpo, sucia de sangre y de tierra. “Como una empanada en azúcar”, recuerda Luz, su madre. Esto es todo lo que se puede decir de la muerte de Clara sin poner en riesgo al resto de su familia. Luz decidió no hablar, no confía en nadie. El lugar donde ocurrió es una de las tantas y tantas comunidades que quedan entre Ticsa y Altavista.

Pero la historia no cuadra. Cuatro tiros a quemarropa no dan espacio para que nadie haga una llamada al 911. Ninguno de los hijos de Clara estaba en casa en ese momento y de haber estado ninguno tenía un celular del cual llamar. Además, a Clara no la mataron a las 9 de la mañana. Unos días después del asesinato de su hija, un investigador de la Policía se presentó a su casa comentándole algo sobre una llamada al 911 hecha por un menor. A Luz sólo le importaba que ese señor se fuera, así que le dijo la verdad: no sé nada sobre ninguna llamada de ningún niño. Asunto cerrado. Ningún policía ha vuelto a llegar jamás a casa de Luz.

Karla de Varela, especialista de políticas públicas de Unicef, quedó impactada cuando el año pasado alguien le hizo llegar la grabación que ya circulaba en Internet. Decidió hacer algo y sus contactos le permitieron indagar al más alto nivel. Ella llegó en calidad de funcionaria de Naciones Unidas hasta el ex ministro de Seguridad Pública, René Figueroa, a quien preguntó por la veracidad de la llamada y Figueroa se comprometió a investigar.

Días después, Varela y otros funcionarios de Unicef volvieron a reunirse con el ministro de seguridad y este les tenía una noticia tranquilizadora: todo era una falsa alarma. Una mentira muy bien orquestada. “Una leyenda urbana”, fueron sus palabras. A esas alturas conocían sobre la veracidad de la llamada, como mínimo, una operadora de teléfono, uno de sus compañeros, su supervisor, el grupo de soporte técnico del sistema, un sargento aficionado al internet, varios grupos de oficiales que utilizaron la llamada para dar cursos, varios agentes que recibieron esos cursos, un grupo de oficiales que -según Zoila, la telefonista- se reunieron para evaluar su caso... y el comisionado José Luis Tobar Prieto, director general de la Policía. Pero René Figueroa, con su sonrisa de cortesía, le aseguró al Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia que todo era una leyenda urbana, un mito.

La primera vez que hablé con Gersan Pérez, jefe del sistema 911, el presidente de la República aún era Antonio Saca y el jefe de la policía Tobar Prieto. Faltaba una semana para que las nuevas autoridades asumieran sus cargos y a Gersan el tema parecía resultarle incómodo. Me recomendó que hablara con la unidad de comunicaciones y le conté el periplo que me había supuesto valerme de la información que esa unidad me había proporcionado. “El director nos ha pedido explícitamente que no hablemos de ese tema. Te prometo que vamos a hablar, pero espérame después del lunes”. El lunes al que él se refería era el 1 de junio, día en que la administración Saca entregaba el poder.

Días después, sentado en su despacho, Gersan explicó la razón del silencio: ni la Policía, ni la Fiscalía habían podido nunca ubicar el origen de la llamada. En parte debido a que Zoila nunca generó “evento”, que en el argot policial quiere decir que, en el rudimentario sistema informático de la Policía, la recepcionista jamás consignó la fecha ni la hora de la llamada, de manera que, al cabo de los años, esos datos naufragaron -quizá para siempre- en la memoria de la PNC. A pesar de que se trató del primer día de trabajo en cabina de Zoila, y de la primera llamada que recibió, ella no recuerda la fecha exacta. Y no hay registros. El sistema tampoco archiva automáticamente el teléfono del que proviene la llamada y este aparece en la pantalla de la recepcionista justo el tiempo que tarda la llamada, como en cualquier teléfono. Si este no es anotado a mano, el número también dejará de existir. En la llamada, la niña que denuncia la muerte de su madre está a dos dígitos de pronunciar el número celular del que habla, cuando Zoila la interrumpe. Nunca la policía dio con el caso y en lugar de asumirlo decidió guardar silencio o, simplemente mentir. “Claro que afectaba a la Policía, por el mismo desgaste que esto ha generado”, explicó Gersan.

En un país donde el promedio de asesinatos diarios fue de 9.5 en los últimos cinco años, no es difícil encontrar un cadáver que coincida con la ubicación espacial entre Ticsa y Altavista. Otro cadáver al que, por cierto, tampoco se le ha hecho justicia. Sólo en Ilopango, durante el año 2006 murieron 15 mujeres. El rango de edad en que la muerte reclamó prendas va desde menos de un año hasta los 54 años de edad.

En el auge de las leyendas urbanas, a veces la realidad las superan.

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